Tradicionalmente, la actividad comercial se desarrolla entre las 9:00 de la mañana y las 15:00 de la tarde. Como ya se mencionó, en el rastro se puede encontrar de todo, pero si hay un producto típico de este mercadillo al aire libre esas son las mercancías viejas y extrañas, rarezas y los objetos variopintos. Adaptando, el dicho popular de “si algo no está en El Corte Inglés, no existe”, deberíamos decir que “si algo no se vende en El Rastro, es que no se ha inventado todavía”.
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Aunque la inquebrantable ley de la oferta y la demanda no lo quiera, El Rastro de Madrid es mucho más que un centro comercial en plena calle. Este entramado de calles constituyen, también, un cuadro de costumbres de la sociedad que nos envuelve pintado con temperas de lenguas particulares y regateos universales. Madrileños vestidos de chulapos ofreciendo dulces de barquillo, ancianas tocando el organillo, extranjeros vendiendo “discos pirata” a mitad de precio o Hare Krishnas haciendo honores a su fe son las pinceladas coloristas de un lienzo que dibujan miles de personas cada fin de semana.
Así es el ajetreado Rastro de Madrid. Un ruidoso lugar de encuentro en el que cada tenderete engalanado con ofertas imposibles y artículos exóticos esconde una oportunidad para el cliente. Una ocasión irrepetible para conseguir ese libro viejo olvidado que nunca encontraste, ese póster de los Beatles que siempre quisiste o esos pantalones hippies que ya no se muestran en los escaparates de la Gran Vía.
Sólo en “el mercado de las oportunidades”, abiertos domingos y festivos, hasta fin de existencias.
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